30Mayo2017

Fetecal

Papá quiero ser tenista!!!

Eso fue lo que le dijo un día un niño de ocho años a su padre cuando, después de llevar dos cursos recibiendo enseñanzas en una escuela de tenis, participó en una competición interna de la misma y ganó la prueba de su categoría.

El padre, muy ilusionado le contestó: bueno hijo, pues si es lo que quieres adelante……..

El padre era profesor de instituto y en sus ratos libres practicaba varios deportes, entre ellos el tenis. La madre era funcionaria del ayuntamiento de la localidad en que vivían y el matrimonio tenía otros dos hijos, un chico de once y una adolescente de catorce años, que también habían ido a la escuela de tenis del club en el que la familia solía pasar la mayor parte de sus ratos de ocio, pero que, tal vez porque no habían obtenido buenos resultados en las competiciones en las que habían participado, no se habían enganchado al tenis como el menor de los hermanos.

Todos eran buenos estudiantes y por ello sus padres les apoyaban lo que podían en el desarrollo de sus aficiones favoritas; el hermano mayor acudía al conservatorio de música, donde estaba aprendiendo a tocar la flauta, y la hermana, que era la más brillante de los tres en los estudios, estaba metida en un grupo de coros y danzas del propio club.

El “tenista”, como destacaba en su grupo, pronto pasó a entrenar con chicos mayores que él y a recibir clases particulares, porque su padre, fundamentalmente, (la madre apenas se metía en esas cosas) quería verle triunfar en el tenis, que era un deporte en el que a él le hubiera gustado ser mejor jugador de lo que era, de ahí que proyectase toda su pasión por el tenis en su hijo, al que poco a poco fue inscribiendo en cuantas competiciones podía tomar parte.

Con apenas diez años cumplidos ya era un coleccionista de trofeos, lo que a su padre le hacía “perder un poco la cabeza”, pues a medida que su hijo iba progresando, todo lo que entrenaba le parecía poco, razón por la que, cuando tenía tiempo, además de los entrenamientos y las clases particulares que recibía, el “profesor de instituto” se transformaba en entrenador de tenis y coach de su hijo, y se pasaba horas y horas echándole carros de bolas y llevándole a los torneos.

La afición por el tenis empezó a tornarse en obsesión por “ayudar” a que su hijo triunfase en el deporte que a él más le gustaba y, sin darse cuenta, a medida que el hijo iba mejorando en el ranking nacional de su categoría, el rendimiento en sus estudios bajaba, porque el tiempo no daba para todo.

Los años fueron pasando y el “tenista” se fue convirtiendo en un chaval algo “rarito” a la vez que retraído, al que le preocupaba sobremanera no llegar a dar la talla como tenista, y todo, porque pensaba en lo mucho que su padre había apostado por él y se sentía obligado a esforzarse al máximo para no defraudarle; pero algo se había hecho mal, porque cada vez llevaba peor las derrotas, pues tras muchas de ellas llegaban las incontenidas broncas de su progenitor, que no podía admitir que su hijo perdiera partidos que, según él, nunca debería haber perdido.……

Aun a riesgo de limitar las posibilidades de formación de su hijo en otros campos, el padre seguía obsesionado con verle convertido en un tenista profesional y, aunque lo había ganado casi todo en las categorías juveniles, según iba creciendo, los entrenamientos diarios, los viajes constantes a los torneos y, sobre todo, las derrotas, empezaban a hacer mella en el hijo, que con quince años, cuando tenía ocasión de hablar con gente que no era del mundo del tenis (tal y como me lo contaron) ya se cuestionaba dejarlo, porque estaba un poco harto de la vida tan agobiante que llevaba….

Y así, un día, después de perder la final de un torneo con un jugador al que años antes siempre había derrotado, sucedió lo que tenía que suceder, discutió con el padre, le dijo que quería dejar el tenis y le pidió que, por favor, le dejara en paz, porque lo que deseaba era tener amigos del colegio con los que poder hacer otras cosas…

La desesperación del padre por no ver cumplido su “sueño” provocó no pocos disgustos familiares, que, afortunadamente, pronto se olvidaron, porque la vida seguía; pero lo que no se pasó fue la fobia de su hijo por el tenis y su entorno, lo que le llevó a colgar la raqueta para siempre.

Moraleja: Si quieres que a tu hijo no le pase lo que le pasó al “tenista”, dale oportunidades para que desarrolle sus aficiones, hasta donde pueda, sin más presión que la que él mismo esté dispuesto a soportar, y siempre que disfrute con lo que hace. Enséñale que en la vida, cuando uno quiere conseguir algo, tiene que poner “toda la carne en el asador” y estar preparado para aceptar las derrotas con la misma dignidad y sabiduría con las que pueda celebrar las victorias, pues quien sabe perder, sin duda, también sabrá ganar, si se lo propone. Si consigue conducirse así sabrá amar lo que hace, porque habrá entendido que lo importante, siempre, es participar

CUANDO EN EL DEPORTE, COMO EN CUALQUIER OTRA FACETA DE LA VIDA, UNO LLEGA A PLANTEARSE ALGO, HA DE PONER TODO SU EMPEÑO EN HACER CUANTO ESTÉ EN SUS MANOS PARA CONSEGUIRLO, PERO SIN OLVIDARSE DE QUE, DE NO LOGRARLO, SIEMPRE PUEDE HABER OTRA OPORTUNIDAD PARA INTENTARLO, SI SE TERCIA, Y SI NO, NO PASA NA.

Fdo. M.A.R.

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